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El Dinero Nunca fue un Fruto

CrecimientoPor Pablo Mora

El dinero nunca fue un fruto

Por muchísimos años nos han hecho creer que el dinero es un fruto visible del crecimiento de una persona. Hemos aprendido a asociar prosperidad económica con madurez, autoridad, éxito e incluso, dentro de algunos círculos cristianos, con unción.

Pero hay un problema: la Biblia nunca puso el dinero en la lista de los frutos.

Y si nuestra base y nuestra guía es la Palabra de Dios, entonces tenemos que aprender a medir las cosas con la medida correcta.

Tener dinero no es lo mismo que tener fruto

Gálatas 5:22-23 dice:

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.”

Observe algo: el dinero no aparece ahí.

Esto no significa que el dinero sea malo. Tampoco significa que una persona que ama a Dios no pueda prosperar económicamente. El problema comienza cuando convertimos el dinero en evidencia de madurez espiritual.

No podemos asumir que alguien tiene autoridad, sabiduría o unción simplemente porque tiene dinero.

El dinero puede llegar como consecuencia de buenos hábitos, disciplina, conocimiento, trabajo, oportunidades, relaciones, decisiones financieras acertadas y muchos otros factores. Pero ninguna de esas cosas, por sí sola, demuestra la condición del corazón.

Hay personas con mucho dinero cuyo carácter deja mucho que desear, y existen personas extraordinarias que nunca han vivido en abundancia económica.

El dinero puede hablarnos de resultados financieros. Los frutos nos hablan de la persona.

La vida nunca es una línea recta

He conocido hombres de Dios que nunca tuvieron grandes abundancias económicas y cuya vida dejó una huella profunda en muchas personas.

También he conocido personas que atravesaron temporadas de abundancia, luego temporadas de escasez y después volvieron a levantarse.

Porque la vida no es lineal.

La vida tiene temporadas.

Es parecido a observar el mercado de valores. Si usted mira un período muy corto, verá subidas y bajadas constantemente. Pero para entender realmente una trayectoria necesita ampliar la gráfica y observarla en el tiempo.

Con nuestra vida sucede algo parecido.

No podemos tomar una temporada económica y convertirla automáticamente en una evaluación espiritual de una persona.

Una temporada de abundancia no necesariamente significa aprobación de Dios, de la misma manera que una temporada de escasez no necesariamente significa ausencia de Dios.

“Por sus frutos los conoceréis”

Jesús nos dejó una medida mucho más profunda.

En Mateo 7:16 encontramos una frase contundente:

“Por sus frutos los conoceréis.”

No dice: por sus carros los conoceréis.

No dice: por sus casas los conoceréis.

No dice: por el tamaño de su ministerio los conoceréis.

No dice: por la cantidad de personas que los siguen los conoceréis.

Dice: por sus frutos.

Por eso, antes de entregar nuestra confianza a una persona solamente porque tiene resultados económicos, deberíamos mirar su vida en contexto.

¿Cómo trata a las personas?

¿Cómo responde cuando alguien lo contradice?

¿Cómo está su familia?

¿Cómo administra la autoridad?

¿Cómo trata a quienes no pueden darle nada a cambio?

¿Hay amor, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio?

¿Qué ha construido con el paso de los años?

¿Existe estructura alrededor de su vida y de aquello que lidera?

Porque los verdaderos frutos necesitan tiempo para crecer.

Los años no siempre equivalen a fruto

También debemos tener cuidado con otra medida que solemos utilizar: los años.

Alguien puede decir: “Tengo veinte años en el ministerio” o “tengo veinticinco años haciendo esto”.

Está bien. La experiencia tiene valor.

Pero los años, por sí solos, tampoco son fruto.

Una persona puede repetir durante veinte años los mismos errores del primer año.

Por eso no solamente debemos preguntar cuánto tiempo lleva alguien haciendo algo. También debemos observar qué produjo ese tiempo en su carácter, en su familia, en las personas que lidera y en su relación con Dios.

Los años deberían dejar evidencia.

Deberían producir profundidad, humildad, sabiduría, estructura y carácter.

El peligro de convertir el dinero en autoridad espiritual

Aquí es donde debemos tener mucho discernimiento.

Cuando una persona comienza a utilizar principalmente sus posesiones, sus negocios o sus resultados económicos como prueba de autoridad espiritual, corremos el riesgo de confundir dos mundos diferentes.

Una persona puede ser extraordinaria haciendo negocios y todavía necesitar crecer muchísimo en su carácter.

Puede saber producir dinero y no saber liderar personas.

Puede construir empresas y no saber construir una familia.

Puede tener recursos y todavía no haber aprendido humildad.

Por eso no toda persona de la que podemos aprender financieramente debe convertirse automáticamente en nuestro mentor espiritual.

Tenemos que aprender a diferenciar las áreas.

Cuando el mensaje comienza a tratarse demasiado de “mí”

También existe una señal a la que personalmente presto mucha atención.

Cuando todo comienza a girar alrededor de:

“Yo hice.”

“Yo construí.”

“Yo levanté.”

“Yo tengo.”

“Yo soy.”

Algo merece ser revisado.

Porque el liderazgo cristiano debería apuntar cada vez más hacia Jesús y cada vez menos hacia la necesidad personal de reconocimiento.

La honra es bíblica. El problema aparece cuando la honra deja de ser algo que recibimos y se convierte en algo que exigimos.

Cuando una persona necesita constantemente demostrar su importancia, recordarle a los demás lo que ha construido o utilizar sus resultados como argumento para exigir reconocimiento, vale la pena detenerse y mirar más profundamente los frutos.

El dinero nunca podrá comprar la unción

El dinero puede comprar muchas cosas.

Puede comprar una excelente producción.

Puede alquilar un gran auditorio.

Puede pagar publicidad.

Puede construir una plataforma.

Puede financiar proyectos enormes.

Pero el dinero nunca podrá comprar la unción.

Hay un ejemplo bíblico muy claro. En Hechos 8, Simón quiso ofrecer dinero para obtener el poder que veía manifestarse por medio de los apóstoles. Pedro rechazó completamente esa idea.

Porque las cosas de Dios no están a la venta.

La autoridad espiritual no se compra.

La madurez no se compra.

El carácter no se compra.

Los procesos no se compran.

Y mucho menos podemos comprar un lugar dentro del Reino de Dios.

Nuestra entrada es por gracia, mediante Jesucristo; no por nuestro patrimonio, nuestros negocios, nuestra influencia o nuestros logros.

Entonces, ¿el dinero es malo?

No.

Y creo que aquí necesitamos equilibrio.

El problema nunca fue tener dinero.

El problema es darle al dinero un significado que Dios nunca le dio.

El dinero es una herramienta.

Puede permitirnos cuidar de nuestra familia, crear empresas, generar empleo, ayudar a otras personas, financiar proyectos, apoyar ministerios y llevar recursos a lugares donde hacen falta.

Podemos aprender principios para administrarlo mejor y trabajar para crecer económicamente.

Pero no debemos convertirlo en el termómetro de nuestra espiritualidad.

Porque usted puede tener dinero y necesitar sanar.

Puede tener dinero y necesitar aprender humildad.

Puede tener dinero y tener un matrimonio destruido.

Puede tener dinero y tratar mal a las personas.

Y también puede atravesar una temporada económicamente difícil mientras Dios está produciendo en usted algunos de los frutos más importantes de toda su vida.

Mire los frutos completos

Cuando usted decida a quién escuchar, a quién seguir, quién puede hablar sobre su vida o quién tendrá un lugar de mentoría, no mire solamente una fotografía del éxito.

Mire la película completa.

Mire los años.

Mire el carácter.

Mire la familia.

Mire cómo trata a las personas.

Mire cómo responde cuando nadie lo aplaude.

Mire qué sucede cuando las cosas no salen como esperaba.

Mire si existe humildad para aprender y ser corregido.

Mire si detrás de lo que construyó existe estructura o solamente imagen.

Y, sobre todo, mire si aquello que esa persona dice creer puede verse reflejado en la manera en que vive.

Porque finalmente Jesús no dijo:

“Por su dinero los conoceréis.”

Dijo:

“Por sus frutos los conoceréis.”

El dinero puede llegar.

El dinero puede irse.

Puede haber temporadas de abundancia y temporadas donde tengamos que volver a construir.

Pero el carácter que Dios forma durante el proceso permanece.

Por eso, antes de impresionarnos por cuánto tiene alguien, quizá deberíamos hacernos una pregunta mucho más importante:

¿Qué frutos produce su vida?

Porque el dinero puede ser el resultado de muchas cosas.

Pero el dinero nunca fue un fruto.