
LOS PROFETAS QUE CAMINAN SOLOS
Cuando nadie puede corregir al que dice hablar de parte de Dios
Después de muchos años caminando entre hombres y mujeres de Dios, compartiendo espacios ministeriales, escuchando predicaciones y observando de cerca el funcionamiento de diferentes iglesias, he llegado a una conclusión que cada vez me preocupa más: uno de los mayores peligros para la iglesia moderna son los ministros que caminan solos, sin personas a su lado que puedan confrontarlos, corregirlos y evaluar lo que enseñan.
Por supuesto, existen muchos factores que afectan el crecimiento y la salud de la iglesia. Sin embargo, considero que hemos perdido algo fundamental: la capacidad de someternos voluntariamente a la evaluación de otros.
Y cuando un ministro llega al punto en el que nadie puede cuestionarlo, algo comienza a funcionar muy mal.
Los profetas no siempre caminaban solos
Hay algo interesante en las Escrituras que merece nuestra atención.
En diferentes relatos bíblicos encontramos comunidades de profetas, grupos de hombres que compartían formación, experiencias y vida ministerial.
En 1 Samuel 10:5 se menciona una compañía de profetas. Más adelante, en 1 Samuel 19:20, encontramos nuevamente una reunión de profetas, esta vez bajo la dirección de Samuel.
También encontramos a los hijos de los profetas durante los ministerios de Elías y Eliseo, particularmente en 2 Reyes 2.
Esto no significa que todos los profetas bíblicos pertenecieran a una comunidad ni que nunca ejercieran su ministerio individualmente. Sin embargo, estos relatos nos muestran que el ministerio profético también se desarrollaba en espacios de convivencia, formación y acompañamiento.
Pero hay un principio todavía más importante.
La Biblia nunca presenta la autoridad espiritual como una licencia para estar por encima de toda evaluación.
En 1 Corintios 14:29, Pablo establece una instrucción extraordinaria:
«Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen».
Observe esto.
Pablo no dijo que todo lo que pronunciara un profeta debía aceptarse automáticamente porque venía de alguien reconocido como ministro.
Dijo que los demás debían juzgar.
Es decir, evaluar, discernir y examinar lo que se estaba comunicando.
Y aquí aparece una pregunta que deberíamos hacernos:
¿En qué momento convertimos a los ministros en personas que no pueden ser cuestionadas?
Cuando el mensaje deja de ser Cristo y comienza a ser el ministro
Durante el último año he prestado especial atención a diferentes predicaciones y enseñanzas que circulan en iglesias y plataformas digitales.
Y debo reconocer que algunas me han dejado profundamente preocupado.
He escuchado mensajes con una enorme cantidad de experiencias personales, relatos de trayectoria ministerial, testimonios de supuestos logros y declaraciones sobre la autoridad de quien predica.
Pero con muy poca Biblia.
Mensajes donde el protagonista ya no es Jesucristo, sino el predicador.
Donde el centro de la enseñanza deja de ser la Palabra y comienza a ser el «YO».
Yo hice.
Yo logré.
Yo profeticé.
Yo levanté.
Yo tengo.
Yo soy.
No tengo ningún problema con que un ministro comparta su testimonio. Las experiencias personales pueden edificar y fortalecer la fe de otros.
El problema comienza cuando el testimonio reemplaza al Evangelio y la trayectoria ministerial se utiliza como argumento de autoridad por encima de las Escrituras.
Pablo tenía razones de sobra para hablar de su formación, sus experiencias y su trayectoria.
Sin embargo, en 1 Corintios 2:2 escribió:
«Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado».
Qué contraste con algunos mensajes que escuchamos actualmente.
Predicaciones donde se dedica más tiempo a demostrar quién es el ministro que a enseñar quién es Jesús.
Y esto tiene consecuencias.
Porque una iglesia que se alimenta constantemente de experiencias personales, pero no recibe una enseñanza bíblica sólida, termina desarrollando una fe vulnerable, emocionalmente dependiente y fácilmente manipulable.
La manipulación disfrazada de revelación
He observado eventos y actividades donde, en mi opinión, Dios termina ocupando un lugar secundario.
Espacios donde se mezclan prácticas ajenas a la enseñanza bíblica con expresiones cristianas, y donde determinadas experiencias se presentan como requisitos espirituales sin ofrecer un fundamento claro en las Escrituras.
Y algo todavía más preocupante: la utilización del dinero como una medida de aprobación divina.
Hace poco me enviaron un video donde una persona afirmaba que si alguien no tenía al menos 100.000 dólares en su cuenta bancaria, no era confiable para Dios.
Me parece una afirmación profundamente irresponsable.
¿En qué parte de las Escrituras encontramos semejante enseñanza?
¿Desde cuándo la confianza de Dios en una persona depende de su patrimonio económico?
¿Acaso los apóstoles fueron escogidos por sus cuentas bancarias?
¿Acaso Jesús estableció una cantidad mínima de dinero para determinar quién podía servirle?
La respuesta es no.
Y quiero ser muy claro: no estoy en contra del dinero ni de la prosperidad económica.
Creo que podemos trabajar, emprender, administrar correctamente nuestros recursos y disfrutar de la abundancia material. La Biblia contiene principios importantes sobre el trabajo, la diligencia, la generosidad y la administración.
Pero una cosa es reconocer que Dios puede bendecir económicamente a una persona y otra muy diferente es afirmar que la riqueza constituye una prueba de fidelidad, madurez o aprobación espiritual.
Eso no tiene fundamento bíblico.
En Lucas 16:10, Jesús enseñó:
«El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel».
La fidelidad no comienza cuando una cuenta bancaria alcanza determinada cantidad.
La fidelidad se demuestra en la manera en que administramos aquello que ya tenemos, sea mucho o poco.
Cuando alguien convierte una cifra económica en requisito para ser considerado confiable delante de Dios, no está enseñando un principio bíblico. Está imponiendo una condición que las Escrituras no establecen.
Y cuando estas afirmaciones no son examinadas ni corregidas, terminan convirtiéndose en doctrinas que confunden a las personas.
La necesidad de aparentar autoridad
Hay otra situación que me parece reveladora.
He visto ministros que compran seguidores falsos para sus redes sociales con la intención de aparentar una influencia que realmente no tienen.
Personas que buscan proyectar una imagen de importancia, reconocimiento y autoridad mediante números artificiales.
Y aunque algunos podrían considerarlo una simple estrategia digital, creo que el problema es mucho más profundo.
Porque detrás de esa decisión existe una pregunta que vale la pena hacerse:
¿Por qué alguien que afirma haber sido llamado por Dios necesita fabricar una imagen falsa para demostrar que tiene autoridad?
La autoridad espiritual no se compra.
Tampoco se mide por la cantidad de seguidores, la asistencia a los eventos, los títulos ministeriales o el tamaño de una plataforma.
La autoridad espiritual debe estar acompañada de integridad, carácter, fidelidad a las Escrituras y una vida que respalde lo que se predica.
Comprar seguidores para aparentar influencia no demuestra crecimiento ministerial. Demuestra una preocupación por la apariencia que debería ser examinada.
Y esto nos lleva nuevamente al problema central de este artículo.
¿Quién confronta a estas personas?
¿Quién puede sentarse frente a ellas y decirles que están equivocadas?
¿Quién tiene la libertad de cuestionar sus decisiones sin ser acusado de rebelde, desleal o enemigo del ministerio?
El peligro de convertirse en una autoridad incuestionable
Considero que uno de los mayores errores de la iglesia moderna ha sido permitir estructuras ministeriales donde toda la autoridad se concentra en una sola persona.
Ministerios donde una persona es quien profetiza, interpreta, decide, corrige y determina lo que Dios supuestamente está diciendo.
Y nadie puede cuestionarla.
No estoy diciendo que un ministerio pequeño o dirigido por una sola persona sea necesariamente ilegítimo. Tampoco que un profeta deba estar acompañado físicamente por otros profetas en todo momento.
Estoy hablando de algo mucho más profundo.
Ningún ministro debería construir una estructura donde su palabra sea imposible de examinar.
Porque cuando nadie puede corregir al líder, el problema deja de ser únicamente doctrinal y se convierte también en un problema de carácter.
Proverbios 12:15 dice:
«El camino del necio es derecho en su opinión; mas el que obedece al consejo es sabio».
La sabiduría no consiste solamente en tener conocimiento.
También consiste en reconocer que podemos equivocarnos.
Que podemos interpretar incorrectamente un pasaje.
Que nuestras experiencias personales no siempre representan principios universales.
Que una impresión espiritual debe ser examinada.
Y que tener años de ministerio no nos convierte en personas incapaces de cometer errores.
De hecho, cuanto mayor sea nuestra influencia sobre otras personas, mayor debería ser nuestra disposición a rendir cuentas.
No todo lo que se presenta como profecía viene de Dios
Primera de Tesalonicenses 5:20-21 contiene una instrucción que considero indispensable recuperar:
«No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno».
Observe el equilibrio.
Pablo no nos llama a despreciar las manifestaciones proféticas.
Pero tampoco nos llama a creer ciegamente todo lo que alguien diga en nombre de Dios.
Nos llama a examinar.
Y examinar implica hacer preguntas.
Implica contrastar las enseñanzas con las Escrituras.
Implica analizar el contexto de los pasajes utilizados.
Implica reconocer cuando una afirmación no tiene sustento bíblico.
Y también implica tener la humildad de aceptar una corrección.
Sin embargo, en ciertos ambientes ministeriales hemos creado una cultura donde preguntar se interpreta como falta de honra y cuestionar una enseñanza se considera rebelión.
Esto es peligrosísimo.
La honra nunca debería convertirse en una excusa para impedir el discernimiento.
Honrar a un ministro no significa renunciar a nuestra capacidad de examinar lo que enseña.
Y mucho menos significa aceptar cualquier afirmación simplemente porque alguien asegura haberla recibido de Dios.
Necesitamos recuperar las conversaciones difíciles
Creo profundamente que la iglesia necesita recuperar espacios de conversación entre ministros.
Espacios donde podamos sentarnos alrededor de una mesa, abrir las Escrituras y analizar lo que estamos enseñando.
Donde sea posible debatir la estructura de un mensaje, revisar una interpretación bíblica y reconocer cuando una enseñanza necesita ser corregida.
Sin competencia.
Sin necesidad de demostrar quién tiene más autoridad.
Sin convertir cada diferencia en un conflicto personal.
Necesitamos hombres y mujeres de Dios que tengan la madurez suficiente para escuchar:
«Creo que está interpretando incorrectamente ese pasaje».
«Esa afirmación necesita una base bíblica más sólida».
«Su experiencia puede ser válida, pero no necesariamente establece una doctrina».
«Ese mensaje está colocando demasiado énfasis en usted y muy poco en Cristo».
Y necesitamos ministros capaces de recibir esas palabras sin sentirse atacados.
Porque la corrección no siempre es una amenaza contra nuestro llamado. Muchas veces es precisamente lo que necesitamos para protegerlo.
Proverbios 27:17 dice:
«Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo».
Nadie puede afilarse a sí mismo de la misma manera que puede hacerlo mediante una relación honesta con otros.
Necesitamos personas que nos amen lo suficiente como para decirnos la verdad, incluso cuando esa verdad nos incomode.
El verdadero peligro de caminar solos
Quiero terminar con una reflexión.
No creo que todos los ministros que caminan solos lo hagan porque desean evitar la corrección.
Algunos han atravesado traiciones, decepciones o experiencias dolorosas que los llevaron a aislarse.
Otros simplemente nunca aprendieron a desarrollar relaciones ministeriales saludables.
Pero también existen quienes han construido deliberadamente estructuras donde nadie tiene permiso de cuestionarlos.
Y ese es un terreno peligroso.
Porque cuando una persona deja de escuchar, comienza a depender exclusivamente de su propia interpretación.
Cuando deja de ser corregida, puede terminar confundiendo sus preferencias con la voluntad de Dios.
Y cuando nadie puede examinar sus palabras, existe el riesgo de que sus opiniones personales comiencen a presentarse como verdades absolutas.
La historia bíblica nos recuerda constantemente que incluso personas utilizadas poderosamente por Dios necesitaron corrección.
Pedro fue confrontado públicamente por Pablo cuando su conducta no correspondía con la verdad del Evangelio, como relata Gálatas 2:11-14.
Y si Pedro, uno de los apóstoles más reconocidos de la iglesia primitiva, pudo ser confrontado, ¿por qué algunos ministros actuales consideran que nadie tiene derecho a cuestionarlos?
Nadie tiene tanta unción, trayectoria o autoridad como para estar por encima de las Escrituras.
La iglesia no necesita más personalidades incuestionables.
Necesita hombres y mujeres que amen profundamente la verdad.
Ministros que prefieran ser corregidos antes que permanecer equivocados.
Líderes que comprendan que su responsabilidad no consiste en construir admiradores, sino en formar discípulos de Jesucristo.
Porque al final, el propósito del ministerio nunca fue conseguir que las personas dependieran de nuestra voz.
El propósito siempre ha sido conducirlas a la voz de Dios, revelada y examinada a la luz de su Palabra.
Y quizás una de las preguntas más importantes que cualquier ministro debería hacerse hoy sea esta:
¿Tengo a alguien en mi vida con la suficiente confianza y libertad para decirme que estoy equivocado?
Si la respuesta es no, probablemente no necesitemos más autoridad.
Necesitemos más humildad.
